En la memoria apenas quedan unas ráfagas de ternura, virutas informes que dejó la ausencia para hacerse hueco, unas migajas de vida eterna cayendo al fin inevitable.
No me encuentro en los espejos. Apenas me especulan un alma hecha de trazos gesticulados. Además, carecen de memoria, cuando no estoy me olvidan. Cuando estoy perdida, nunca me descubren.
Me descubre la noche por el rastro vívido que en la soledad dejan mis recuerdos.
Si tuve un día de desierto, se me extravía el agua de los besos, mi arena delinea el laberinto donde tu sed siempre me encuentra.
Estoy bajo la sien de la esperanza esperando ese disparo, el haz que me tatúa en la palabra que me habita.
Y no me importa que su rayo desconocido me descubra: sí, aquí dentro llevo piedras ahogándose en su propia gravedad, y que, sin esas palabras que me graban, no logro (l)evitarlas.
Sé que al contraluz de mi venas puede leerse cómo me debo a mis cenizas.
Y que nunca llego al final de un poema sin que se me haya revelado el alma.
Puppet Show ( Parte 3, inconclusa). Filipp Logvinenko.
El lastre fuerza a abandonar el texto y condensarse en los márgenes. Y es bueno –¿bueno?–, es adecuado. En fin, no es, de ninguna manera. Sólo hay lastre. Y hay Aún. Hay demasiado Aún para perderse del todo.
Chantal Maillard
A Ybris
Vengo al vacío a reconocerme en el instante,
a saber qué soy cuando la palabra me desnuda,
cuando me arranca el adjetivo
con que el existir me mancha.
Vengo a ser, a secas,
lista y limpia para leer
las mil formas que ya escribe en silencio el entramado de la sangre,
para quitarle al alma el tacto de papiro ciego.
Mía es la lengua extendida
hasta donde tu voz me pronuncia,
mío su riesgo de puente líquido,
absorbido por el río que le habla.
Mía es la luz que alarga
hacia mí la médula de tus abrazos,
mía la incandescencia de sus hilos,
mío el relieve de la cicatriz con que nos recorre.
Mío es el derrame de la memoria
por el que cruzan los paisajes
que ya saben pensarnos,
mía la tierra que conquista,
mío el olvido del lugar en que termina.