El lastre fuerza a abandonar el texto y condensarse en los márgenes. Y es bueno –¿bueno?–, es adecuado. En fin, no es, de ninguna manera. Sólo hay lastre. Y hay Aún. Hay demasiado Aún para perderse del todo.
Chantal Maillard
A Ybris
Vengo al vacío a reconocerme en el instante,
a saber qué soy cuando la palabra me desnuda,
cuando me arranca el adjetivo
con que el existir me mancha.
Vengo a ser, a secas,
lista y limpia para leer
las mil formas que ya escribe en silencio el entramado de la sangre,
para quitarle al alma el tacto de papiro ciego.
Mía es la lengua extendida
hasta donde tu voz me pronuncia,
mío su riesgo de puente líquido,
absorbido por el río que le habla.
Mía es la luz que alarga
hacia mí la médula de tus abrazos,
mía la incandescencia de sus hilos,
mío el relieve de la cicatriz con que nos recorre.
Mío es el derrame de la memoria
por el que cruzan los paisajes
que ya saben pensarnos,
mía la tierra que conquista,
mío el olvido del lugar en que termina.
(atardecer en tus labios, sin prisa, mutando lenta a dulce sombra, verterme sobre tu pecho como quien escancia luz e ir hacia ti como a un deslizarse en las incógnitas del tacto.
Bébeme, dirá el jugo de tu corazón. Bebo y crezco en tu deseo para amarte mejor en su infinita deriva),