viernes, septiembre 15, 2006
Al ángel de la nada (Pilar García Puerta)
Amar el otro lado de la desesperación,
HABER ESTADO.
Aún duele el cuerpo
como una nada de hélices interminables,
cada poro una estrella reventando en los ojos,
el firmamento quieto, arde.
Pero yo tengo sed,
abandono tu pie subiendo por mi pecho,
tiro tu mano al infinito,
renuncio a la luna(*).
Tiro tus melodías cercando mis oídos,
la soledad son estos músculos desmembrándose por crueles laberintos,
son los clarines del aguallamándome a tierra
.La soledad son estos labios.
Yo amo este minuto de serpiente y olvido,
reniego, como lo haría un loco condenado a tu larga cabellera.
Van a pasar siglos desmurallados, inermes,
abandono este fuego, este hambre, esta audacia.
La soledad serán tus ojos
que ya no llevan tus pequeñas palabras:
-pero yo te amaré hasta la pura extinción de los mundos-
Huir, desesperadamente huir
sin más murallas que la noche,
sin guerras huir, sin banderas huir,
sin recoger del cuerpo sus espumas vencidas.
La soledad son estos dedos
que no pudieron darte forma.
(*) Renuncio a la luna : tomado de Leopoldo de Luis
jueves, agosto 24, 2006
jueves, julio 20, 2006
Disposición
Qué poco he vivido
y qué poco sé hacer con lo que vivo.
Levanto cada día mi esperanza
como la haima de la nómada que soy.
Cada noche desprendo sus anclajes
para volver a la vía dispersa de mi alma
que no entiende más
que de la constancia
de su extranjería.
No tengo más bagaje
que el peso de mis huesos,
la memoria en la retina,
el dolor enmohecido del pasado,
la lumbre de los sueños;
ni más credenciales
que una aspiración absoluta
por seguir asomada
al pozo del saber.
No entiendo de pragmatismos
ni eficacias.
Amorfa y descuadrada,
no encaja mi hambre en la razón.
Hablo con la piel y
palpito en la palabra.
Despeño la torpeza de mis versos
en cualquier abismo sin contornos
donde pueda narrar
que aún sigo estando
tan dispuesta para vivir
como lo estoy para morir.
y qué poco sé hacer con lo que vivo.
Levanto cada día mi esperanza
como la haima de la nómada que soy.
Cada noche desprendo sus anclajes
para volver a la vía dispersa de mi alma
que no entiende más
que de la constancia
de su extranjería.
No tengo más bagaje
que el peso de mis huesos,
la memoria en la retina,
el dolor enmohecido del pasado,
la lumbre de los sueños;
ni más credenciales
que una aspiración absoluta
por seguir asomada
al pozo del saber.
No entiendo de pragmatismos
ni eficacias.
Amorfa y descuadrada,
no encaja mi hambre en la razón.
Hablo con la piel y
palpito en la palabra.
Despeño la torpeza de mis versos
en cualquier abismo sin contornos
donde pueda narrar
que aún sigo estando
tan dispuesta para vivir
como lo estoy para morir.
lunes, julio 17, 2006
sábado, julio 15, 2006
Oscurece, sí,
con esa negrura
en la que todos los ojos
del olvido
me contemplan.
El aire negro
me ha entregado
su regazo:
sobre él, este arabesco
de letras
calmando a mis dedos
de su horror al vacío.
Oscurece.
Pierdo en esta ceguera
las orillas,
el camino,
las huellas que esparzo
como semillas
sobre la muerte
de la luz.
Oscurece, sí,
para que todo lo imposible
esté de nuevo
recién amanecido.
con esa negrura
en la que todos los ojos
del olvido
me contemplan.
El aire negro
me ha entregado
su regazo:
sobre él, este arabesco
de letras
calmando a mis dedos
de su horror al vacío.
Oscurece.
Pierdo en esta ceguera
las orillas,
el camino,
las huellas que esparzo
como semillas
sobre la muerte
de la luz.
Oscurece, sí,
para que todo lo imposible
esté de nuevo
recién amanecido.
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